Ni puta ni santa, solo mujer [Crónica]

Marcha de las putas
Foto: Alexa Benítez

Por: Alexa Benítez

La hora de mi primera fotografía marcaba las 12:00 del día, hora en que la Octava Marcha de las Putas Puebla estaba convocada, para “mujeres y familias en busca de justicia ante los feminicidios, desaparecidas y la violencia machista”. Éste era el primer punto del Protocolo de seguridad que jóvenes integrantes del comité de seguridad de la marcha, con chalecos verde oliva y silbato, a pie y en bicicleta, repartían en las calles por las que circulábamos.

Pero antes de que los volantes comenzaran a volar y decidiera tomar mi primera fotografía, aproximadamente a las 11:30 de la mañana, las voces se empezaban a alzar paulatinamente, cantando renovadas letras, y seis tambores retumbaban en nuestros oídos conocidas melodías, en una pequeña explanada de el Paseo Bravo, a la altura del conocido reloj de El Gallito. Un ensayo antes de que la realidad alcanzara a aquellas apenas cientos de mujeres.

El espacio que en un principio se veía vacío e inundado simplemente de normalidad dominical, una mezcla entre calma y movimiento sigiloso, se convertía poco a poco, con cada minuto, en un espacio inundado de mujeres que eran niñas, adolescentes, jóvenes, adultas, madres, hijas, primas, tías, abuelas.

Y colores vibrantes y con una inaudita nostalgia, pero al mismo tiempo, fuertes y rebeldes: verde, morado y rosa. La activista inglesa Emmeline Pethick lo explicaba así:

“El violeta, color de los soberanos, simboliza la sangre real que corre por las venas de cada luchadora por el derecho al voto, simboliza su conciencia de la libertad y la dignidad. El blanco simboliza la honradez en la vida privada y en la vida política. Y el verde simboliza la esperanza en un nuevo comienzo”.

Al final, voces femeninas que asistieron en busca de renuncia a la revictimización, al machismo, a la violencia imparable de género, a la heteronorma, al castigo y satanización de la diversidad, a la injusticia social en contra de la mujer.

Cuarenta minutos después del primer clic al obturador de mi cámara, todo estaba por empezar, con la melodía de un cántico religioso y una letra que hacía referencia a la eterna lucha del feminismo y con evidentes referencias a la iglesia misma que rechaza sus ideales más sagrados, palabra que me permito utilizar de una manera irónica, explicación que necesito dar en caso de que mis objetivos al escribir sobre este acontecimiento del que fui parte de una forma u otra, se vean tergiversados o nulos incluso.

Aún enfrente del antes mencionado reloj, las mujeres ya en formación, como una joven feminista lo había indicado instantes antes por un megáfono, en un frenesí de emociones, se hacían parte del momento ya esperado.

Al inicio del contingente, una lona con el nombre de Paulina Camargo, cargada por las mujeres de su familia, ponía en primer plano una de las demandas de las féminas de Puebla y de todo nuestro país, sean feministas o no lo sean: los feminicidios. Una joven que, como cientos, miles de mujeres, han sido asesinadas por razones entre las que figura principalmente, nuestro sexo.

El hecho de que creamos que esa palabra, “mujer”, nos hace insignificantes, sin valor o menos, y da el derecho automático de abusar de nuestra mente, cuerpo y vida.

Después, diez sexoservidoras, en su mayoría con el torso descubierto y con frases como “macho abajo”, “ni una menos” o “aborto legal”, iban detrás, pareciendo el comienzo, mostrando su cuerpo al natural, sin tapujos, sin códigos morales o moralistas, simplemente mostrándolo. Criterios diversos podrán calificar esa acción, pero sin duda portaban los colores y el ímpetu de la marcha, con gran orgullo.

Siguiendo en el contingente, se encontraban las líderes activistas de los grupos “El Taller” y el “Colectivo Hablemos de Género”, quienes poco más de una hora antes del comienzo de la marcha, ensayaban las canciones que interpretarían al unísono con todas las que las seguían en la caminata.

En esos momentos, cuando la realidad ya las había alcanzado, alzaron tan alto como pudieron la voz, hicieron resonar los tambores con un ánimo y coraje encontrado paso con paso, y emanaron una intangible y aplastante pasión, elevándose un poco más, al irse alejando del inicio.

A continuación, caminando con paso firme, uno de los inesperados vértices de la figura que conformaban aquellos cientos de féminas. Eran mujeres adultas, miembros de la Unión Popular de Vendedores y Ambulantes 28 de octubre, familiares de más víctimas de la violencia de género y de los feminicidios, esas madres, abuelas, hijas, tías, primas que en un inicio sólo se llevaron una mención más en este texto.

Así, sosteniendo carteles hechos a mano, una bandera de México con el color negro reemplazando al verde y rojo y con las miradas gris brillante, ellas reclamaron las vidas de miles de inocentes.

Pero las voces jóvenes seguían representando el vértice que apenas comienza en el camino de la lucha por sus derechos, que apenas vive las maravillas y las tragedias de este mundo injusto, banal y agresivo.

Un mundo en donde hombres como Michael López Murillo, artista plástico y profesor del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP), acosan, minimizan y abusan de esas jóvenes que se debatieron entre creer y sentir que la vida es maravillosa o es trágica.

Curiosos grupos las seguían, que llegaron o que se unieron en el trayecto inicial, jóvenes y adultas, que corearon cada verso de las renovadas e ingeniosas canciones, algunas con sus mascotas adornadas con un paliacate verde al igual que ellas y la fuerza guiando sus pasos, la injusticia alimentando sus corazones, hartos, exhaustos, pero sin rendirse, sin dejar la lucha irse.

El avance era lento, como es natural, por las primeras calles de la Avenida Reforma, corazón de las manifestaciones, marchas y circulación de la ciudadanía poblana, pero las nubes nos favorecían cubriéndonos del sol.

Fotógrafos y reporteros se apresuraban para conseguir la primicia, para simplemente mandar una nota exprés a su medio o para capturar el momento justo de incontrolable y frenética emoción en el rostro de alguna mujer. Dos reacciones eran claras entre los transeúntes de las calles del Centro Histórico: impresión por empatía o impresión por desaprobación.

La primera tardó en llegar más que la segunda, que siendo las 12: 54 me hizo ver en los ojos de la gente, algo que quizá también se reflejaba en mi mirada, no igual, pero latente y después presente, con mi lente listo para guardar el momento en una fotografía. La ligera desaprobación en mí, que en las miradas de la gente que salió a comprobar la razón del creciente ruido, fue tantas veces más acentuada como era posible. Frente a la Iglesia de San Marcos, la primera canción que entonaron en la marcha, se repitió en sus voces aún estruendosas y llenas de energía.

La Iglesia, histórica “opresora” de la diversidad de ideologías, la diversidad sexual, y la libertad de expresión de las mismas. Cantar con el torso descubierto, utilizando una melodía que originalmente es religiosa, frente al sagrado templo de la religión católica, puede parecer una ofensa grave o simplemente una acción sumamente necesaria para hacer entender su punto, su ideología, su rechazo y su repudio. Lo dejaré a consideración suya.

Mientras lo considera, lo olvida o deshecha, en esos momentos pasaron 25 minutos, siendo las 13:19, para que llegáramos al Congreso del Estado, otro sitio clave para alzar la voz incluso más que en el resto del recorrido, sea que hablemos del inicio, el medio o nudo o el cierre del mismo. La palabra que marcaba ese momento: ¡Asesinos! Una y otra vez, repetían vociferando, incluso al borde del llanto y hasta llegar a él, llenas de impotencia, irascibilidad y un temple que les llegué a admirar en algún instante.

Era como si esa brecha se hubiera convertido en una gran explosión, que se debió haber previsto, que era de esperarse, que encendía y apagaba ese ánimo, ese temple que observé nacer en sus rostros, en sus miradas, en su lenguaje corporal y más que nada en su interior, que, si bien ninguno de los presentes podemos asegurar haber visto, lo sentíamos en el aire, vibrando, en ese conteo hasta el 63, número de las víctimas de feminicidios.

Sólo once minutos más tarde, a las 13:30 de la tarde y con el sol comenzando a asomarse de entre las benévolas nubes, llegábamos al temido y esperado lugar que hace quince días se vio manchado por el paso fúrico de otra marcha, en esa ocasión en pro de la legalización del aborto: La Catedral de Puebla capital.

Me encontraba a la expectativa, y no dudo demasiado que muchas otras personas, incluso las familias y personas comunes y corrientes, como nosotros, que éramos parte de todo, que pasaban por las calles, sentían incertidumbre y hasta zozobra parecida a la que se manifestaba en mi interior. Pero lo que sucedió no fue algo estruendoso o anárquico como se esperaba.

Nadie pinto las paredes, los torsos seguían descubiertos, los gritos permanecieron, la canción se repitió, la melodía igual, pero la energía ya no era la misma, se notaba el agotamiento y, sin embargo, la fuerza no quería irse de aquella marcha. No en esos momentos.

El recorrido se desvió, nuestros rostros mostraron expresiones extrañadas, ya que sabíamos que la marcha finalizaría en el Zócalo de la ciudad, más algo externo a nosotros nos hizo llegar hasta otro conocido, pero mucho más pequeño, hasta ínfimo parque de esta ciudad: el parque de El Carmen.

Una tarima ya estaba instalada en el lugar, pero su tamaño seguía siendo mucho menos de lo que habría imaginado en otro momento o al comienzo de todo. Pero sin importar mi opinión, en este punto no importa mucho, familiares de Paulina y Meztli, integrante de la 28 de octubre, se manifestaron frente a todos los presentes.

Un megáfono fue lo único necesario, y claro, ese ímpetu que les inyectó la impunidad, la injusticia, la violación al derecho humano básico por excelencia: la vida.

Veinte minutos después, la unión a pesar del cansancio, mantuvo los gritos por la justicia, presentes, y el apoyo posterior a las sexoservidoras que denunciaron de igual forma la violación a sus derechos y el odio que se les presenta tan seguido como podría. Todas eran una misma, aunque quizá unas más o menos que otras.

A las 14:17 horas, el grupo que lideraba con tambores y letras vivaces, peculiares y revolucionarias, subió al templete para agradecer por la participación, por la fuerza que mostraron y por esa unión. Por ese espíritu de lucha.

Así, un recorrido terminaba, las miradas se dispersaban, los gritos, cantos, tambores, clics de cámara y ruidos de calles cerradas, cesaban. Pero no su lucha. Eso jamás.

 

 

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